Hay dolores que no hacen ruido, pero estremecen el cielo, entre ellos, el clamor de un niño que ha sido olvidado, un viejo sabio escribió sobre la importancia de no guardan silencio frente a este tipo de abandono, al contrario, lanza un llamado urgente, casi como una súplica divina: «No afligirás al huérfano ni a la viuda… porque si claman a mí, ciertamente oiré su clamor.» Es una advertencia que atraviesa el tiempo y es que cuando un pequeño queda sin abrazo, sin guía y sin defensa, el Creador mismo toma partido.
Sin embargo, lo más duro de admitir es que incluso hombres y mujeres que alguna vez dijeron tener fe, que participaron en alguna expresión religiosa o que simplemente afirman tener un compromiso social… también han desoído este llamado, tal vez por indiferencia, tal vez por cansancio, o por pensar que “no les corresponde”, pero lo cierto es que el mandato de cuidar al huérfano no fue dado solo a instituciones estatales, sino al corazón humano y cuando ese corazón se endurece o se distrae, los más pequeños terminan pagando el precio del olvido, sin más consuelo que la rutina, y sin más refugio que el silencio.
No es solo una negligencia del sistemas, es, muchas veces, una omisión colectiva, porque por cada niño sin familia, hay también un adulto que pudo abrir su casa, un vecino que pudo mirar con ternura, una comunidad que eligió no involucrarse y cuando el sufrimiento del huérfano no encuentra eco en la tierra, su voz sube… y el cielo escucha.
En los últimos años, la situación de los niños en residencias de protección en Chile ha encendido una alarma silenciosa, pero persistente, según el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, conocido como Mejor Niñez, el número de niños menores de 24 meses en estas residencias aumentó un 72% entre octubre de 2021 y marzo de 2025. Pasaron de ser 233 a 401, es decir, hay más bebés que, en vez de crecer entre abrazos familiares, duermen en las solitarias salas de las instituciones.
La mayoría de estos casos tiene un origen común, abandono, maltrato, abuso, heridas profundas que no siempre dejan marcas en la piel, pero que alteran para siempre la forma de mirar, de confiar, de vivir y la verdad es que muchas veces estos niños no han sido simplemente víctimas de circunstancias extremas, sino también del olvido de una sociedad que no quiso asumir la parte que le correspondía.
Y como si eso no fuera suficiente, cada año cerca de 1.500 jóvenes salen del sistema al cumplir 18 años, muchos de ellos se enfrentan solos a la adultez, sin un respaldo afectivo ni material, se van con una maleta prestada, unos pocos documentos, y una incertidumbre enorme. ¿Quién los espera? ¿Quién los acompaña? ¿Quién asume que siguen siendo vulnerables, aunque ya no sean niños?
Desde una mirada histórica, es cierto que Chile ha logrado avances en materia de protección, hay más conciencia, más leyes, más programas, pero también es cierto que mientras existan camas frías en residencias sin afecto, mientras un niño duerma con miedo o una joven egresada enfrente la calle sin un abrazo de despedida, no podemos decir que hemos cumplido.
Este desafío no es solo del gobierno de turno, es de todos, es de los que creen, de los que enseñan, de los que lideran comunidades, de los que pueden acompañar sin juzgar, volver a mirar esta realidad con los ojos del Creador es un llamado, porque el Eterno no se cansa de escuchar, pero también espera que nosotros escuchemos, a tiempo, porque las historias de estos niños son un espejo que reflejan lo que falta por hacer, pero también lo que podríamos cambiar si tan solo abriéramos los ojos… y el corazón.