Por La Voz de Linares.
Detrás de muchas ventanas cerradas, al final de pasillos silenciosos o en habitaciones apenas iluminadas, habitan historias que pocas veces llegan a la primera plana, en Linares, la realidad de las personas mayores en situación de abandono es una herida que no deja de sangrar, aunque rara vez se mire de frente.
Según cifras del Censo 2017 —las más actualizadas a nivel nacional—, más de un 15% de la población chilena supera los 65 años, y se estima que este grupo crecerá considerablemente en los próximos años, a nivel local, si bien no hay estadísticas oficiales específicas para el año 2025 sobre el número exacto de adultos mayores en abandono, sí se ha observado un aumento sostenido de personas mayores viviendo solas, muchas veces sin redes de apoyo, con altos índices de dependencia o precariedad emocional.
Y es que el abandono no siempre se ve, a veces no es físico, sino afectivo, la falta de visitas, el silencio de los teléfonos, la mirada vacía en una sala de espera, una vejez digna no se trata solo de techo y medicamentos; se trata de afecto, de compañía y de presencia.
Frente a esta situación, el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) ha impulsado diversos programas en la comuna, entre ellos destacan los Centros Diurnos, que ofrecen acompañamiento, actividades recreativas y apoyo psicosocial a personas mayores activas, y los Condominios de Viviendas Tuteladas, que brindan una solución habitacional digna a adultos mayores sin redes familiares. Aunque en Linares no se registra aún un CVT operativo, comunas cercanas como San Javier ya cuentan con este tipo de residencias, que combinan viviendas individuales con espacios comunitarios y acompañamiento psicosocial. Se trata de una política silenciosa, pero transformadora, que busca no solo entregar un techo, sino también dignidad, contención y comunidad en una etapa de la vida donde muchas veces todo eso escasea.
Asimismo, la Municipalidad de Linares ha implementado la Red Local de Apoyos y Cuidados, orientada a asistir a personas con alto nivel de dependencia o discapacidad.
No obstante, estas políticas, aunque valiosas, resultan aún insuficientes frente a una realidad que avanza en silencio. El desafío es mayor: se requiere no solo de respuestas institucionales, sino también de un cambio cultural. Necesitamos como sociedad volver a mirar a nuestros mayores no como una carga, sino como una fuente de sabiduría, historia y humanidad.
Porque una ciudad que olvida a sus viejos es una ciudad que pierde su memoria. Y en tiempos donde tanto se habla de progreso, tal vez sea hora de detenernos y preguntarnos: ¿qué significa realmente avanzar si dejamos a nuestros padres y abuelos atrás?